La feminidad no atrapada de Mariana Varela

By / 6 noviembre, 2017 / El Crew

La artista ibaguereña que hizo parte de los referentes de ARTBO nos contó un poco de su historia y su aporte al dibujo colombiano.

Mariana Varela está siempre sonriente. Recuerda su vida con alegría y pasión. Con la alegría y pasión de quien hizo lo que quiso. Recuerda cuando llegó a Bogotá a estudiar artes plásticas en la Universidad Nacional: realmente vino a estudiar arquitectura pero no pasó y alguien le sugirió que entrara a artes mientras se preparaba nuevamente para el examen de ingreso. Nunca llegó a tomarlo otra vez. Desde que recuerda, Varela dibujaba y no pensaba parar. Además su abuela había sido artista y vivía en Bogotá y su padre, a pesar de la época y los prejuicios que siempre han existido alrededor de las artes, le dio todo su apoyo.

Una breve historia de… Mariana Varela

La artista ibaguereña que hizo parte de los referentes de ARTBO nos contó un poco de su historia y su aporte al dibujo colombiano.

Así comenzó un viaje por la exploración artística en una época en la que en la Universidad Nacional se cocinaba una camada de artistas y colectivos fundamentales para la historia del arte de nuestro país. Tuvo como profesor a Umberto Giangrandi, por ejemplo, y utilizó su taller muchas veces. Pero definitivamente su clase favorita era dibujo y su decisión por irse por esta rama fue algo que sucedió orgánicamente. (Lee también: Más que una galería, Sextante)

Al ver su obra y hablar con ella es evidente que en Mariana Varela se condensan todos esos elementos de la feminidad con una necesidad a la vez de empoderamiento y ruptura. “Me decían imprudente”, cuenta Varela, porque siempre dijo lo que pensaba sin pena ni recogimiento y, para algunos de sus compañeros de la facultad, del mundo del arte y de la crítica, esto la convertía en un sonido fastidioso. Pero a ella no le importó y nunca dejó de hacerlo. Sus primeras obras de la década del 70 son dibujos de planos cerrados en los que se muestran corsés y vestiduras femeninas y crean una sensación de encierro y claustrofobia. Las mujeres atrapadas.

En su casa tiene un jardín que vive cambiando y modificando ya que una de las cosas que más extraña de su niñez y juventud es esa cercanía a la naturaleza que en Bogotá es tan distante. A su lado un doberman de color café llamado Choco la sigue fielmente e inspecciona a los extraños. Sigue más activa que nunca, participando en tres exposiciones durante la semana del arte de 2017. Mientras se prepara para salir a ayudar en otra exposición a uno de sus grandes amigos, Miguel Ángel Rojas, reflexiona sobre cómo han cambiado las relaciones entre los artistas. “Antes todos nos ayudábamos, éramos muy unidos. Ahora el mundo del arte está muy sometido a grandes egos y poca colaboración”. Luego se pone el sombrero y sale a trabajar.


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Gabriela Supelano

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